Un día desperté de una terrible pesadilla. Y luego me encontré abrazando a un hombre. Todo él me resultaba magnífico. En ese instante no reconocí del todo la realidad, pero el calor de un cariño que permeaba el ambiente presente me calmó. La pesadilla me dejó exhausto y tratar de recordarla me generó un dolor de cabeza.
El cuarto estaba iluminado de manera tenue por un color rosa. No había cortinas y la noche anterior había improvisado de alguna manera una forma de cubrir el cuarto con una manta roja. Se veía raro, aparentaba estar en otro lugar en el que por las mañanas, no había exceso de luz matutina que me deslumbrara, como era costumbre. El hombre a mi lado se despertaba por percatarse de mis movimientos matutinos. Recordé su nombre, su piel, su pelo y mi estimación hacia él: amor. Esos conceptos carecían de importancia cuando veía como se movía. Todo él, delicado, somnoliento, sonriente; acurrucado en una orilla de la cama, su lugar, la orilla que da a la pared. Luego, sus labios, y seguido de ello, la necesidad de besaros, de percatarme que había despertado y que no estaba soñando todavía. Sus manos, mordisqueadas por ese tic nervioso que tanto me molesta porque me recuerda cuando yo lo tenía. Su pecho, cómodo y acogedor, con esos pelos que tanto me reconfortan.
Desperté en un lugar ajeno a mí, ajeno a lo que me recordaba ese mal sueño, ajeno al pasado. Un lugar en el que las cosas aparentaban no estar pasando, increíbles, sensatas y muy placidas: tranquilas. Este lugar me hacia dudar de su veracidad, parecía más un sueño que aquella pesadilla. Era como el final de una película en la que los protagonistas habían llegado por fin a reencontrarse. En contraste, me recodó también a los inicios de otras películas, en las que alguno de los dos protagonistas se encuentran con algún suceso que les plantea una dificultad, y penetra su relación. Pero no, nada pasaba, todo se quedaba en su estática burbuja rosa (literalmente, por la roja cortina improvisada). Aprovechando aquel perfecto instante, le dí un beso a mi chico, y que susurré que lo amaba.
Después, volvía despertar y recordé que ese día tenia(mos) cosas que hacer. Suspiré y traté de dormirme otro rato, para descansar más. Estaba todavía un poco adormilado y mis emociones reprimidas de aquel sueño gobernaban. Pasando el día, hubo que separarnos, uno a sus cosas y el otro a las suyas...
Y ese sueño, me persiguió, abandonó mi mente, y mis recuerdos, pero alli estaba, en ese sentir vago y nefasto que me absorbía como una sombra que me acechaba. La vida se tornaba con una inseguridad que me impedía tomar de un agua pura, de un ser amado, de un sentimiento deidificado. Y sin embargo, los recuerdos de aquel malestar persiguen como una cicatriz o un tatuaje, como una maldición gitana que no se cura hasta que apareces, y lo despejas todo.
Me duele mucho, a veces quisiera vivir con otro signo, con otra carga, pero incluso mi cuerpo me la pide. Hay un vicio que me domina y yo me castigo por el sometimiento al que me entrego, quizás me exijo demasiado. Y el pasar de los días, y el compartir las cosas, y el sentir que me desvanezco con tu mirada, es un agua terapéutica que me quita lo nublado de la cabeza, que construye a la par de construirnos. Nos vamos juntos a un mismo lugar con nuestros sueños y pesadillas, nuestros fracasos y fantasmas poco a poco huyen de aquí, y los que ahora hacemos, no aparecen todavía porque no dejamos que lo hagan.
Construimos constantemente, cimentamos muros, y cascadas de placer, alimentamos a los pájaros que se acercan a nosotros para que con sus alas nos susurren ideas, sentimientos, emociones o pasiones con las que descubrimos los días en los que proseguimos. Defendemos distintos ideales bajo una misma corriente: aquel rojo de vida que no violenta, aquel espejismo que hemos soñado y creemos posible. Y por ello, conforme el caminar de nuestros pasos, oigo evidente a la pandemia de recuerdos tristes acuchillados o rebanados, entiendo lo profundo de las adicciones a lo cotidiano, lo humano, me espanto con narraciones escabrosas de personas que después de enamorarse mueren en vida, torturo a mi corazón pensando, haciendo que me domine el cerebro. Pero sigo, por muchos porqués que no valen mucho, porque no me asfixio y porque no me espanto, porque no me da pena decirte que te amo, ni que siempre es un placer amanecer a tu lado, y deslumbrarme ya sea por la falta de cortinas en tu ventana, o por ti: un sueño hecho energía que me delata, que me descubre, que me permite. Nos permite.
Las palabras mo terminan de acomodarse para permitirme expresar loq ue he sentido al leerte y leerme ahí escrito. Un simple "te amo", no podría expresar en este momento lo que se me has hecho sentir. Tengo la certeza de que el camino aun será duro, largo y fructífero (justo como nos gusta, jajaja). Y tengo sobre todo la certeza en el corazón, de que estoy dispuesto a caminarlo contigo.
ResponderEliminarRo
podrías colocar al principio la url original de donde copiaste este pensamiento? sólo quiero conocer la fuente original.
ResponderEliminarTodas las entradas de este blog las he escrito yo, bajo estrictas excepciones. Siendo el caso siempre pongo al autor (de menos)
ResponderEliminarwow daniel, nunca creí verte escribiendo cosas así, que chido que hayas encontrado por fin a alguien que te tenga tan en la baba jajaja saludos a rodrigo y que sigas asi.
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