Que cuando la casa se queda desamparada por el hueco de un pilar que la sostenía, la tristeza y soledad se ven proyectadas en la nostalgia de cada uno de los muros. Pese a que nada se derrumbe, todo se vuelve un polvo estático y sin ruido, sin color, sin sabor, sin olor ni chiste. Y el sol alumbra tenue y frió, con su luz de paz pálida en los ventanales de una ausencia comprometida al olvido, es un cuarto iluminado pero sin calor, sin presencia, confortable para un descanso nunca pedido, tranquilizante que rememora infancias lejanas, ya casi omitidas por la mente, omitida por los recuerdos, pero presente por los rezagos que generó.
Paso a paso, las losetas verdes de la sala, con figuras pasadas de moda son testigo de innumerables acontecimientos, y las telarañas de las esquinas en cada pared que son como los callos de una vida comprometida al cuidado, al terreno siempre evadido por los hombres. Luego, un cuarto separado por una cortina vieja, nos narra cómo se ha vivido ese lugar, entre roperos y chácharas viejas, entre largos tocadores de madera vieja con fotos y billetes de antaño, muebles pintados de verde con cajones barnizados, entre camas y sillones viejos arrumbados que ahora se usan para amontonar trapos, toallas y ropa destinada a jamás ser usada de nuevo. La entrada de la cocina, siempre angosta y estorbosa nos declara que allí antes solo había un bullicio y un separo, un jugueteo y quizás malas experiencias con melasa de los osos gummy. El cuarto adyacente a la cocina era el cuarto que tiene mas de tres vidas en sus paredes, mas de cuatro que ahora han abandonado el lugar cavernoso, quién sabe cuantas mas por llegar. Y cuando caminas por la casa de Portales, sientes siempre que el ambiente se puede difuminar y que siempre hay vigilantes, o entres que divagan por lugares que tu nunca conociste. Cuando vas pasando por el patio, ves al árbol, tan alto e imponente, ves lo lejos que estas de poder ver los nidos de los pájaros, que retumban melodías siempre de cuna, siempre atosigantes en primavera, siempre un arrullo que aletarga al alma. Respiras el aire fresco a tierra húmeda cuando llueve, sientes la brisa helada cuando es otoño, y la tristeza pasajera en invierno. Cuando es primavera, ves retoñar a la higuera de su estado fúnebre junto con el duraznero, y en verano recuerdas la chayotera recientemente exterminada con las brevas de la higuera. Y ahora que vivo en un cuarto frío, conservo el olor del pasto y el chal de mi abuela cuando dormía por las tardes en su cama, porque pilar de tu casa, cuanto te fuiste solo quedaron recuerdos
Pilar de tu casa, no es que exista una familia, es que tu sostenías el peso de los muros.

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