domingo, 25 de marzo de 2007

El Blanco



Enfrentarse al blanco es caer en la conciencia de lo eterno, lo implacable, lo que siempre sigue a pesar de los muchos o pocos procesos que lo integren, sean humanos o no humanos. La claridad es infinita, la pasión innecesaria, la conciencia es masiva y completamente irreversible, la luz, opaca y el sol oculta los enteros sentimientos con su tenuidad que entibiece todo el entorno. La belleza deja de ser efímera y todo se queda estático por un insignificante y minúsculo instante, casi no se puede notar.

Cuando te afrontas al blanco observas cómo se puede tocar lo divino y lo rechazas porque te asumes como humano, no puedes negar tu esencia. Alcanzas a delatar lo que esconden las perversiones, niegas la capacidad de lo santo, metaforizas tus emociones, describes con tu mirada el nacimiento de una flor en el desierto que te mata.



Cuando eres capaz de afrontarte al blanco, alcanzas, reproduces y comprendes a todas las formas posibles, descubres que lo congelado de tu alma se puede sincronizar con la estremecedora otredad. La enfermedad logra un sutil contraste con lo muerto y lo carente de vida o sustancia. El luto se desvanece porque todo lo demás se vuelve oscuro, opaco, invisible. Afrontarse con lo blanco es hacerse uno con lo oscuro, con la sombra de la nube que te invade. Es resignarte a tus demonios para perderlos por la poca notoriedad de sus hechos no logrados, es dejar tu miseria de humano para volverte un humano miserable, todo lo dejas a un lado y puedes sentir la paz que te da la maldita radiación del sol que te quema, y el viento del aire que te enfría los huesos, sientes el pasto atravesar tus dedos cubiertos por tus zapatos, la música se torna siempre eventual y orgánica, cómo si lo que pasara afuera tuviera que ser al ritmo de lo que escuchas. Entiendes que el análisis no siempre es necesario y que el conocimiento sólo justifica la ignorancia. Comienzas a sentirte como niño, como cuando la sorpresa era lo más importante y lo completamente relevante, el motivo de hacer las cosas, el motivo de voltear a ver al mundo para explicarlo con las fantasías que te generaba el quedarte quieto y ver el suelo con todas sus grietas. Recuerdas el bullicio del pasto, lo inimaginablemente bello que resultaba imaginar ser un bicho y vivir en el mundo minúsculo lleno de gigantes. Tu sombra desaparece porque se vuelve independiente, las lágrimas se tornan innecesarias para explicar tu tristeza.

La fortaleza, el odio, la nostalgia, lo justo, lo bueno y lo malo, lo efímero, lo poderoso, lo debilitado; todo eso, deja de ser un impedimento para quienes afrontan al blanco. No se necesita nada porque todo lo que está es lo que quieres. Todo lo que necesitas, se está haciendo. Ves los rayos del sol entre los árboles dando vida y matando, respiras profundamente la cotidianeidad espontánea y poco plana de la existencia, ubicas el caos, aislas las risas, deniegas los llanos, te ríes de las risas, las horribles risas. Todo el escándalo existente no puede atosigarte. Te envenenas del placer que te da estar sentado viendo cómo todo pasa, incorregible, intachable, irrevocable de razón y de demencia.



Después de aquel insignificante instante, te entra el miedo. Todo se derrumba y se torna normal. Caes despavorido en el pasto, o te sientas en una piedra, lo haces llorando de locura, felicidad y dolor. Hubieras querido que alguien hubiera estado allí para abrazarte y decirte que también se enfrentó al blanco. Sabes qué alguien pudiera haberte entendido, y te retuerces de sufrimiento por no poder estar con él, pero la incertidumbre de no haberlo conocido suficiente te consuela y te guardas en un cofre lo más irrepetible de tu vida, lo que más valor ha tenido desde siempre, la experiencia más cercana a lo divino se reduce en un recuerdo del tercer día de primavera...

1 comentario:

  1. Una vez, hace mucho mucho mucho tiempo en las tierras altas y prominentes del Hogar de Pony, dos niños rondaban ante el escaparate de Louis Vuitton, porque sí, así es, tenemos una tienda abierta las 24 hrs de Vuitton dentro de la vieja Tenochtitlan, quien lo diría no?

    Era un niño que tenía aproximadamente 6 años y a su lado una niña de 7, ambos muy bien vestiditos. Hablaban de dios y de los pecados. Yo permanecí detrás de ellos, siempre vigilante y atento a que no pasara un "narcoambulante" y me los acribillara o peor aún, que resultara un "homonarcoambulante" y me los manoseara.

    La niña, quizá católica, sostenía que sólo el mentir a dios constituía el verdadero pecado. El niño, quizá protestante, preguntó con testarudez infaltil qué era entonces el mentir o el robar a los hombres. "oooohhh también grandes pecados -dijo la niña-, pero no los más grandes, sólo los pecados contra dios son los más grandes; para los pecados contra los hombres tenemos la confesión. Cuando me confieso, viene enseguida el ángel y se situa detrás de mí, cuando cometo un pecado es el diablo el que se sitúa a mis espaldas, aunque no se le puede ver".

    Cansada de tanta seriedad, giró sobre sus talones para divertirse y dijo: "ves, no hay nadie a mis espaldas". El niño giró del mismo modo y me miró: "ves -dijo sin considerar que pudiera oírle o sin ni siquiera pensar en ello-, a mis espaldas esta el diablo". "Yo también lo veo -dijo la niña-, pero no me refiero a ése".

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