
Viviendo y despertando de lo que fue un sueño perturbadoramente real, de esos que le gusta soñar a mi inconciente para desafiarme y redescubrirme cada vez que despierto, amanecí a las 3:33 minutos, en un tiempo del reloj de todas partes e instante que duró mas de un minuto; ya haya sido en el microondas, en mi celular o en el estéreo, la hora no cambió hasta que me recosté de nuevo y volví a ver mi celular.
Mi sueño, nada nuevo al parecer, algo desquiciante y demente porque yo nunca haría algo así en mi sano juicio. Había escaso momentos con el chico con el que estoy "saliendo" (muy wapo! maldita sea, que estúpido me trae ese maldito), y pues todo raro y extraño. Aparecía también una lesbiana reprimida por la cristiandad de su familia, y desde luego, la terrible frustración de saber que no puedo ayudarla porque su pinche mierda limítrofe de cabeza no le ayuda. Quería madrearmela, quería romperle la cara porque se comportaba como un machito pendejo, pero no... mi sueño no se violentaba con esas sensaciones a bordo del coche de sus padres, que se habían ofrecido para dejarme en mi departamento (aquel sueño me jugaba cosas incómodas). Yo hablando abiertamente de la homosexualidad y de cómo el ignorante prejuicio del catolicismo y la mala interpretación de la Biblia habían llevado a la homosexualidad a caer en casi un pecado capital y en algo abominablemente maligno. Estar en un coche de cristianos y hablar en ese todo acerca de la homosexualidad con niños adentro no era considerado algo lindo, pero al final, me dejaron muy incómodos a la puerta de mi departamento, ubicado en un lugar raro que no era mi casa (similar a la colonia en la que vive mi mejo amigo). Saliendo del coche, el padre de Gloria me dejó en la puerta de aquel edificio, agradeció la “preocupancia” de mí hacia su hija y de sus situaciones familiares, pero me invitó a no meterme en esas cosas, ya saben, de la manera "correcta" en la que un padre de familia cristiano resuelve ese tipo de cosas. Evidentemente ante ello, yo mucho no podía decir, afirme con la cabeza y con una sonrisa hipócrita, y despidiéndome de él, recordóme el señor de una manera muy incómoda y despectiva que de favor no dijera la "ho-mo-se-xual" frente a los niños porque era mala influencia para ellos (enfatizando el desagrado y agachando la cabeza mientras la silabeaba, con un gesto de estar aturdido dicha palabra por decirla y/o escucharla). Ese, ese fue el clímax de mi sueño. Yo no soy una persona orgullosa o decepcionada por mi condición homosexual, y hasta la fecha me parece algo circunstancialmente irrelevante, pero escuchar ese tipo de gestos en ese ambiente de hostilidad aparentada de hipócrita cordialidad en la que la tensión psicológica me remite a pensar que existe una subversión de mi parte, me enferma. Casi colérico, le dije al señor en un tono futilantemente enojado pero todavía cordial, que no mamara y que entendiera de una buena vez que lo que estaba haciendo era discriminar a su propia familia y dios, y mientras le rebatía, el seguía diciendo pendejadas acerca de sus nefastas creencias ignorantemente infundadas y basadas en un libro que quizás no sea el legítimo (a veces ni en este, porque algunas partes de él hablan de tendencias o gustos "homosexuales"). Entre tanto, dos policías veían aguerridos la discusión, comiéndose su deliciosa torta cubana bañada en grasa y salsa (raramente esos policías eran asquerosamente sexys, porque pese a estar nefastenado su cuerpo con alimentos de aquella almidonada calidad, tenían cuerpazo). El punto es que, al ver el nerviosismo peligroso de aquel engreído cristiano saliéndose de sus cabales, y que comenzaba a gritonearme en frente de mi aparente hogar. Me sentí muy agredido y comencé a gritar yo: "polis, polis, ese wey me está discriminando, escuchen, escuchen, me está discriminado, vean, vean, se está poniendo loco este cristiano", y ellos con su carota de indiferencia y molestia por la pequeña interrupción alimenticia llamaron a no se quien. Graciosamente alguien de la nada y del edificio que estaba frente al mío, gritó algo acerca de lo que pasaba, y pues los polis le gritaron describiendo la situación de manera muy chilanga, y a decir verdad no la recuerdo. El punto era que el señor gritón cristiano se calmó y lo jalé hacia mi entrada de nuevo y hablando callados pero todavía hostiles, lo amenacé con demandarlo y no se que tanta sarta de estupideces, con lo que el pobre, con una cara de enojo y susto regresó rápidamente a su coche....
Y allí cuando entre todo Daniel se despierta a las 3:33 de la mañana y descubre ese pequeño lapso de eternidad en el tres, muy cabalístico, tres números tres: yo hablando de la familia de dios del amor y de la ignorancia católica, para que cuando me despierte, amanezca en un instante perturbadoramente congelado, a las 3:33 a.m. Por un momento pensé que esa chistosísima coincidencia no diría más que un recuerdo al respecto, pero permanecer pensando en la oscuridad ese tipo de inquietudes me llevó a levantarme de mis aposentos y tomar agua. Todavía después de haberme servido el vaso entero de agua, en el microondas, seguían siendo las 3:33, y eventualmente, ya después de volverme yo acurrucado en mi todavía calientita cama, revisé mi reloj y descubrí que seguían siendo las 3:33... algo desesperado y quizás ignorante de mis acciones, decidí a no afrontar las circunstancias, y volví a dormirme.
Eventualmente desperté lleno de energía para estar en ese día nefasteando al prójimo como siempre... no pasó a mayores, pero me ha parecido demasiado cómico el pensar siquiera lo que esa hora representa, y todavía no encuentro significado en la esencia de esa circunstancia.
Viste "El Exorcismo de Emily Rose" ¿? Pues justamente en esa película, a la muchacha se le metían los chamucos a las 3:33 de la madrugada... mello.
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